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B#004 Medallas

2 ene 2020
3 min de lectura

Actualizado: 13 oct 2022


No soy de visitar, pero era su cumpleaños. Primera vez que entré a su casa y me recibió un muro inmenso de excelencia con el que choqué y me herí. Un estante repleto de trofeos, medallas, diplomas y fotos de momentos donde era reconocido como el mejor en béisbol, excelencia académica y un montón de ovaciones más. Observé todo con tanto detenimiento, que podría decir que estudié sus habilidades; le dedique más de 1 minuto a cada premio. Estaba realmente sorprendida. Aún en medio de la fiesta, volvía a mirar y no paraba de pensar en cómo alguien que parecía tan sencillo (aunque siempre excelente) fuera tan bueno en tantas cosas y no alardeara sobre nada de ello.


Acepto que me sentí muy admirada, pero también algo dentro de mí me hizo sentir chiquita, incapaz y culpable... culpable de no lograr cosas, de no ser esforzada, de que mis padres nunca hayan recibido un premio mío que diga “mejor estudiante del mundo”, ni cosas sencillas como esa.


Cuando llegué a casa observé detenidamente el entorno, inspeccionando mentalmente qué me hacía sentir grande. Solo tenía un trofeo de plástico y un diploma de agradecimiento por bailar el día de la Independencia Nacional en mi colegio. Chiquita, de nuevo. Fui a mi espejo y me miré mucho. Habían estado ahí por tanto tiempo que ya ni siquiera me daba cuenta de que colgaban frente a mí: un montón de gafetes de ‘’colaboración’’ que inconscientemente coleccioné de todas las actividades en las que he servido como voluntaria (conciertos, convenciones, conferencias, etc.). Llegaron a mi mente todas las personas a las que he conocido gracias a esas actividades, todo lo que he aprendido con ellas, cuantos abrazos y sonrisas, cuantos buenos recuerdos, cuantas charlas motivacionales colectivas, cuanto he aprendido de ellos y cuanto he podido enseñarles; cuantas veces me han agradecido por los servicios y me dejan saber lo felices que se sintieron. Recordar esos rostros me valió más.


A partir de ese momento no sale de mi cabeza: ¿por qué nos interesa tanto ser vistos? ¿Cuál es el afán de ser reconocidos y que se sepan nuestros nombres? ¿Por qué queremos ser grandes si son los pequeños los que necesitan ayuda? ¿Por qué estamos locos por estar en la plataforma si son justo los que están debajo de ella que necesitan ser abrazados y servidos?


¿De qué te sirven los reconocimientos si no eres capaz de ayudar a tus padres cuando llegas a casa? ¿Para qué tantos premios si no haces feliz a tu novix/esposx? ¿Para qué llenarte de “auto felicidad” si los que están a tu lado no son felices por tu causa?


Nunca estaré en contra de el ser esforzado y recibir reconocimientos por los esfuerzos. ¡Todo lo contrario! ¡Es una bendición ser tomado como ejemplo y trabajar para ser el mejor! Esfuérzate. Pero que lo que seas capaz de hacer nunca te haga encasillar la felicidad solo en ti mismo, que todo lo que hagas le sirva a otros. Un río que no deja fluir su agua sólo es un charco estancado, que con el tiempo olerá mal. Qué lindo te verías usando tu sabiduría para aconsejar a alguien, o tu gran habilidad de resolver problemas matemáticos para ayudar a tu compañero que no es tan bueno en eso; qué lindo seria que usaras tu dinero para comprarle a ese amigo lo que te contó que necesitaba, qué lindo sería que dieras de todo lo bueno que llevas dentro. Cuando sirves la gente te mira lindo.


Servir a otros debería ser nuestra medalla. Algo de lo que nos sintamos orgullosos. Coleccionar felicidades ajenas, luchar por ver al otro sonreír por tu causa… ¡eso es lo que verdaderamente te hace grande!

Cuando eres reconocido la gente te aplaude. Pero cuando sirves, vives y haces feliz a los demás la gente te recuerda. Sino, pregúntale a Pedro cuál es uno de sus recuerdos más extrañamente hermoso de Jesús… que siendo el Rey, Dios y Creador de todo lo que existe, con todo y su grandeza lavó los pies de simples mortales que ni siquiera lo merecían. Servir hizo a Jesús ser grande. Servir te hará a ti ser grande.


 
 
 

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